Desde la Moto #2
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Desde la Moto #2
En definitiva: la imprudencia se ha apoderado de las calles en Venezuela.
Hace un par de semanas viví un accidente en la moto.
Resulta que me pidieron un favor y, como siempre, no me supe negar; este consistía en ir a comprar algunas cosas en una panadería cerca a la universidad, así que le dije a mi pareja que me acompañara.
Llegamos al sitio, se compraron las cosas y, como me imaginé, el retorno sería a manos llenas, por lo que si hubiera ido solo no hubiera podido manejar de regreso.
Aun así, debido a que la mercancía adquirida era algo frágil y mucha, lo ideal era manejar con precaución la moto y llegar al destino con el mandado íntegro.
Y así, agarramos camino rumbo a la universidad. Ya en él, en plena subida, me encuentro con una moto, chofer y acompañante delante, y otro motorizado detrás. Este último, más pegado de lo debido y con una evidente urgencia.
Como ya dije, mi misión era llegar con la mercancía en buen estado, por lo que aceleré la moto solo lo necesario para subir la colina; el motorizado de adelante era obvio que iba a cruzar en la próxima esquina y por eso su posición al lado izquierdo de la carretera, a pesar de que en sentido contrario bajaban vehículos. El pana, consciente de su posición, encendió luces de cruce anunciando que sí iba a la izquierda. Yo, prácticamente al medio de mi carril pero un poco más a la izquierda, comienzo a lanzarme a la derecha viendo en el retrovisor al motorizado de atrás con un afán de pasar por la izquierda, venga o no un carro.
En ese preciso momento pienso en colocar la luz de cruce hacia la derecha para que el de atrás vea que le voy a dar el paso, pero en cuestión de milésimas de segundo un espacio quedó abierto en la vía, en el carril del sentido contrario, y el motorizado de adelante toma el próximo callejón a la izquierda y el de atrás pasa corriendo a mi izquierda cruzando el rayado que divide la doble vía.
Yo, en mi trabajo de repartidor de mercancía, continúo aliviado porque mi compañero de carretera afanado ya siguió su camino y no soy más un estorbo hacia su apreciado destino, que en mi mente asumí que estaba muy lejos y por eso tanto afán por llegar.
Pero resulta que mi apreciado motorizado, ansioso de dejarme en el olvido, se le olvidó que me acababa de pasar, pues a menos de diez metros se orilló a la derecha y cruzó a la izquierda para dar vuelta en U.
Mi cerebro, como siempre, fiel trabajador en el pensamiento rápido, al ver que «Don Afán» se orilló a la derecha, dijo: «Este pendejo va a dar vuelta en U», por lo que suelto el acelerador con la esperanza de equivocarme, pero en ese preciso momento asomó el caucho delantero hacia la izquierda; yo, con el acelerador suelto y utilizando el croche como freno del motor, piso de inmediato el freno trasero con la esperanza de que este, al verme (pues no tenía retrovisor y nunca voltea la mirada para ver si alguien venía tras él), empujara la moto para retroceder. Pero no.
Este, al verme, sigue su avance hacia el medio de la carretera.
Yo, aún utilizando el croche y el freno trasero como reductor de velocidad, me lanzo hacia la izquierda buscando el carril contrario, donde veo a la chica a quien «Don Apurado» va a buscar con las mismas ganas de cruzar la calle sin ver hacia los lados. En esas milésimas de segundo, con dos grandiosos seres buscando el centro de la carretera, el caucho trasero de la moto comienza a derrapar y siento cómo mi pareja también se va con la moto hacia un lado, por lo que decido soltar el freno, aun con la esperanza de que el motorizado retroceda en su afán de cruzar. «Don Moto», al escuchar el chillido del caucho derrapando, decide detenerse ahí, en el medio del carril derecho, y yo, pues, viendo que no retrocede ni acelera, acudo a utilizar los dos frenos y a la vez tratar de que el croche frene el motor.
A solo unos dos metros veo cómo el pana, mototaxista, con problemas de obesidad, intenta empujar la moto hacia atrás... pero ya era tarde, yo ya estaba encima de él.
Mi instinto, recordando que no iba solo y que iba con una mercancía pagada, decidió que lo más sano era cruzar un poco a la izquierda con la intención de evitar lo más que se pudiera el golpe directo al centro de la moto, pero sin terminar estampado en el frente de una casa.
Debo ser sincero, una parte maliciosa en mi mente vio muy provocativa la pierna descubierta de mi amigo obeso. Tan provocativa que sugirió estrellar el caucho delantero ahí, para castigar la imprudencia de mi amigo el «piloto». Pero gracias a Dios no me dejé llevar por esos pensamientos intrusivos que al final afectarían a mi acompañante y a la mercancía.
En fin, esquivé lo más que pude al estorbo vial que imposibilitaba mi paso, pero el golpe fue inevitable. ¿Qué golpeé? No sé.
Creo que el caucho delantero de mi moto terminó golpeando el caucho y el guardabarro delantero de la de él. Pero seguro estoy de que mi pie golpeó algo. Lo más seguro, su caucho. El dolor fue inmediato.
Yo me detuve por fin a unos tres metros de él y con unas ganas de nombrar a su mamá, abuela y todos los demás. Solo me volteé y le pregunté con una gran indignación: «¿Hermano, no me acabas de pasar?».
A lo que el hijo de mami respondió: «Coño, sí, disculpa», y yo, más indignado todavía, refuté:
—¿No me acabas de pasar? ¿Me acabas de pasar por un lado porque tienes que dar la vuelta en U?
Mi mente: «Este hijo de la gran... pero lo mejor es evitar más peo, esto no pasó a mayores, no hay golpe directo, la moto no sufrió daños, le diste con el caucho al caucho». Y mi pie doliendo.
En eso escucho que una tercera persona dice: «Ya te pidió disculpas», y un cuarto responde: «Pero el pana tiene razón, lo acaba de pasar, ¿cómo va a dar la vuelta así?». Yo volteo, veo a dos carajos que están sentados frente a una casa y respondo: «Eso es lo que yo reclamo, ¿cómo va a dar la vuelta así, si me acaba de pasar?». Y mi pie doliendo.
Procedo a encender la moto y escucho a la otra pendeja que dice: «¡Ay!, yo me asusté», mientras mi mente: «¿Tú te asustaste? Fui yo el que tuvo que esquivar a este pendejo y a ti». Pero solo dije: «Tienes que estar más pendiente, hermano», y me fui. Mientras mi pie dolía.
Unas horas más tarde, en esa misma panadería, mientras esperaba que mi pareja comprara pan y pensaba en el dolor del pie golpeado, vi cómo una señora que vendía caramelos dirigía su caminar hacia mí, por lo que mi mente indolente asumió que la mejor opción era disimular cansancio, cerrar los ojos y hacer que no la veía. Pero qué va, apenas la señora se acercó a mí para venderme dos caramelos, no fui capaz de ignorarla y simplemente le respondí que no tenía efectivo, y pues ella me comentó que tenía pago móvil. Mi indolencia programada me dijo: «Esta gente está bien preparada».
Pero había algo en la esencia de la señora que reflejaba angustia, dolor, desesperación, tristeza y preocupación.
Por lo que decidí sacarle conversación:
1. Para saber si de verdad eso que reflejaba era real o solo un teatro bien montado.
2. Para saber el motivo que lo causaba.
Y ahí, pues, la señora me contó los problemas que vive en el día a día.
Resulta ser que la señora vende caramelos para poder alimentar a sus nietos; creo que son tres. El más pequeño, de tres años.
Pues su apreciada hija se fue del país y le dejó a los muchachos, y nunca ha enviado nada para alimentarlos. El menor de los niños tan solo tenía ocho meses; eso ya hace tres años.
Mi mente indolente, saturada por el sistema de la mezquindad, me gritaba «eso es mentira», pero algo más allá decía que la «vaina está ruda» y me indignaba. Por lo que le saqué más conversación a la señora.
Ella me contó que en ese momento estaba padeciendo un gran problema de gastritis, pues la mala alimentación le había causado una úlcera, hasta el punto de escupir sangre. Mi indolencia me decía: «¿Y cómo supo que es eso?». Pero, sin preguntarle, la señora me explicó que ahí, en ese mismo lugar, vendiendo caramelos, le dio un fuerte dolor y terminó vomitando sangre, por lo que un señor la llevó al médico y le pagó todos los exámenes, y así se enteró del problema estomacal.
Yo, siguiendo los pensamientos malsanos de mi oscuridad mental, le pregunté, a modo de prueba, qué le mandaron, y la señora me respondió sin titubear los medicamentos. En mi mente estaba la lucha entre creer y no creer.
El mundo está mal, la gente está mal, todos están tan envueltos en cosas turbias que ya no sabemos en quién confiar.
Seguí conversando con la señora y hablando sobre su familia, la situación, los niños, y terminé convenciendo a mi mente indolente de que la señora no mentía. Hablamos muchas cosas en un tiempo corto de pocos minutos.
En eso, mi pareja regresó de la panadería y ve la situación; yo, buscando efectivo en mis bolsillos para ayudar a la señora; y yo, como siempre sin nada de papel moneda a la mano, y pues me dice: «Deja, yo voy y compro algo con la tarjeta».
Y pues ahí seguía yo, con dolor en el pie, sentado en la moto, conversando con la señora sentada en el escalón de la panadería sobre su vida, dónde vive, los problemas para conseguir trabajo, y que de la venta de los caramelos depende que coman algo, pues el pago móvil es de una vecina con una bodega que recibe directo el pago de las ventas para poder pedir la harina, el arroz y lo que alcance.
Mi pareja regresó con unos panes rellenos y se los dio a la señora, que terminó agradeciendo con lágrimas en los ojos, y yo acusándome mentalmente de indolente y con dolor en el pie.
La señora se fue; cuando volteé a ver qué hacía, ya no estaba en ningún lado. Encendí la moto y retomé camino a casa.
Desde la moto, reflexionaba sobre la situación, las cosas escuchadas, muchas cosas vividas y me hacía muchas preguntas.
Una de ellas: ¿cómo la humanidad puede seguir así?
Mientras cientos de familias en el mundo mueren de hambre, los poderosos invierten en la guerra, en la miseria de los pueblos, en más hambre.
Mientras Estados Unidos condena a Venezuela con sanciones y restricciones, es el pueblo venezolano, el más humilde, el pata en el suelo, el del barrio, el que sufre por alimentos y medicinas.
Mientras existen cientos de personas sufriendo, los políticos nos dedicamos a pelear por el protagonismo de la foto, por alimentarnos el ego a ver quién aparece más o quién se lleva el mérito, cuando realmente no estamos haciendo nada.
¿Dónde está la comuna?, me pregunté.
Se supone que trabajamos por crear y conformar gobiernos comunitarios, que están ahí, más cerca del pueblo, de las familias, de cada hogar, de los vecinos. ¿No debería existir alguien viendo cómo está la gente en el barrio y buscando maneras de solucionar? «Nos falta mucho», pensé.
¿Dónde quedó el amor, la solidaridad, esas vainas que supuestamente defendemos?
Me critiqué y condené por mi actitud inicial hacia la señora. ¿Acaso yo no pasé hambre? ¿Acaso yo no he atravesado situaciones similares hasta el punto de la desesperación, donde ves que ya la vida no da para más?
Reflexioné tantas cosas.
Pensé muchas más.
¿Y las iglesias que supuestamente aperturaron en los barrios para salvar almas y hacer la labor de Cristo, dónde están? De seguro condenando a la señora por las injusticias de un sistema que condena al pobre a más pobreza.
Pues las iglesias también juegan a la mala praxis política de cuidar su parcela de poder, de quién tiene más feligreses, de quién grita más, de quién llena el local, y terminan condenando a los desamparados y necesitados, como lo hacían los fariseos.
Como esa señora hay muchos más, sufriendo bajo las cadenas del sistema capital, clamando desde las entrañas por justicia.
Y los que supuestamente tomamos el camino de la lucha social por la defensa de los necesitados, por el futuro y bienestar de los pobres, sin darnos cuenta estamos desviándonos y cayendo en la trampa de quienes no les interesa que nada mejore y que estemos divididos peleando por cosas sin sentido, por fracciones de poder que no sabremos utilizar, pues se nos olvidó para qué lo queríamos.
Nos hace falta bastante todavía.
Nos hace falta conciencia.
Nos hace falta entender que en las comunidades también somos gobierno para poder resolver, junto con los vecinos, los problemas de la comunidad. Pues el problema de esa señora y sus nietos es el problema de la familia que inmediatamente se transforma en un problema de la comunidad.
Pues al no tener una atención oportuna, más adelante llevará a alguno de esos niños a salir a robar para poder alimentarse él y a su familia, y para poder conseguir la medicina de su abuela.
Nos hace falta conciencia y amor.
Jonathan Cordero.
Artículo iniciado el 27 de mayo y culminado el 14 de julio de 2026.

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